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Apuntes sobre la violencia de género en el cine

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01-12-2003

Josefina Molina
Directora de cine, guionista y escritora

No es fácil encontrar películas cuya trama principal sean los malos tratos que padece una mujer de manos de un hombre, o un hombre de manos de una mujer.

En todo caso, el cine se ha hecho eco de “una serie de mitos que intentan ocultar la realidad. Mitos tales como que la violencia de género es un fenómeno raro de escasa incidencia, que se produce generalmente en el seno de familias muy desfavorecidas, que es la consecuencia de alguna enfermedad mental o que es la sociedad la que está enferma. O que es un problema que pertenece al ámbito de lo privado y que, por tanto, debemos tomar medidas sólo cuando se convierte en delito”.

Estos mitos aplicados en el cine generalmente nos alejan del problema porque creemos que eso les pasa “a otros” o que son situaciones producto de una ficción. Y, por otra parte, muchas formas de “violencia de género” están respaldadas por normas sociales que perpetúan desigualdades y relaciones de poder abusivas entre los sexos.

No nos olvidemos que entre el cine y la sociedad se establece una relación de vasos comunicantes. El cine extrae sus contenidos de la realidad, los procesa aplicando sus reglas y devuelve estos contenidos a la realidad. Pero el cine es una industria que se guarda mucho de soliviantar a sus clientes y, por tanto, procurará no atentar contra las corrientes de pensamiento que estén de moda en el momento. Estará muy atento a lo que se cuece en la sociedad para adelantarse si es posible y dar una visión original o escandalosa que llene las butacas de las salas de cine. Se incorporará a la crítica, al análisis que la sociedad hace en cada momento, intentando visiones novedosas que en muchos casos tergiversan el verdadero problema, lo alejan de nosotros: “son cosas que pasan en el cine”, porque la realidad que nos circunda la percibimos distinta.

Como hace generalmente, salvo excepciones siempre interesantes, el cine americano –que consumimos masivamente– toca problemas que están en la preocupación de todos, los procesa intentando especialmente cautivar el interés del espectador y termina tranquilizando a su público, sin entrar en profundidades que podrían herir la sensibilidad del americano medio –y por extensión al espectador medio de todo el mundo cuyas pantallas ocupa vorazmente– que va al cine, al parecer, a comer palomitas y no permite que se le altere la digestión.

Recordarán ustedes “La guerra de los Rose”: allí la violencia de una pareja estaba compartida y expresada sin ambages en un pugilato terrible ilustrando la guerra de los sexos, pero con igualdad de fuerza y astucia, lo que generalmente no suele suceder en la realidad. La película resultaba un pasatiempo con una recreación en la pura violencia buscando sobre todo un efecto en la taquilla. En la contienda ganaba la protagonista femenina (sin duda los productores tuvieron en cuenta ese 52%), pero la película tenía un trasfondo misógino (sin duda para apaciguar al 48% restante). Hablo del recuerdo, porque para esta ocasión me hubiera gustado revisarla y no he podido hacerlo porque no la he encontrado en los circuitos comerciales a los que he acudido.

Otra película interesante desde el prisma del tema que nos ocupa es “La teniente O´Neill” de Ridley Scott, autor así mismo de “Thelma y Louise”. Se plantea en ella el tema candente de la igualdad de sexos dentro del Ejército –un contexto en que la violencia va implícita– y se hace en un discurso pretendidamente equilibrado. Hay en ella actitudes nobles en hombres y mujeres y actitudes torcidas y machistas en hombres y mujeres, para terminar en un final descaradamente “Hollywood” en que el triunfo individual de la protagonista se ejerce sobre la derrota de otra mujer que despliega lo peor de las actitudes machistas mezcladas con las tradicionales “armas de mujer”: la manipulación, la intriga y el cuidado de su apariencia externa, con el exclusivo propósito de su triunfo personal como senadora en la alta política.

Condena la película tanto esta conducta como la machista alimentada de prejuicios. Y abona el concepto de que la libertad de elección en la mujer y su igualdad con el hombre han de pasar por la no autocompasión. El personaje masculino positivo no cesa de afirmar: “Ningún animal se compadece de sí mismo.”

Pero sólo cuando al final de su vía crucis por la intricada selva de la preparación de un marine la teniente O´Neill se comporta como un hombre, en una escena de violencia brutal, es aceptada por sus compañeros. Es decir, que sólo si te comportas como un hombre, si admites su escala de valores, la sociedad masculina está dispuesta a admitir que eres una igual. Y una se pregunta: ¿entonces, según esta metáfora que nos propone Scott, si una mujer pretende la igualdad no tiene mas remedio que asumir los valores masculinos y su conducta?

Dejando al margen que desde determinados puntos de vista –que comparto plenamente– ya es más que discutible no sólo que las mujeres quieran ser soldados, sino que lo sean los hombres, y me viene a la memoria “La Chaqueta Metálica” de Kubrick, “La teniente O´Neill” deja en el ánimo de una mujer un regusto muy amargo. Me gustaría destacar un momento entresacado de la película. La teniente O´Neill expone ante su superior:

- Cómo voy a integrarme aquí cuando me dan un trato distinto. Quiero el mismo trato.
A lo que su superior responde:

- Conseguirá todo lo que quiera. Veremos si quiere todo lo que va a conseguir.
Cabe preguntarse: ¿La lucha de las mujeres se limita a un simple mimetismo o lo que pretendemos es una acción transformadora del mundo?

Pero esto es otro tema.
De las películas cuya trama central es la violencia de género dentro del matrimonio, algunas como “Durmiendo con su enemigo” no hacen sino utilizar los tópicos del problema como señuelo para una trama de suspense a la mayor gloria de su protagonista, la carísima actriz Julia Robert.

“Luz de gas” de George Cukor, abordaba en 1944 el tema de la violencia psicológica de un marido hacia su mujer, con el propósito de volverla loca, asesinarla y beneficiarse económicamente de ello. Aunque es una excelente película en la que quedaban retratadas muchas de las estrategias de un maltratador psíquico, para el tema que nos ocupa no pasaba de ser una intriga detectivesca con final feliz. El título ha quedado como frase hecha para expresar la presión psicológica malintencionada.

Sea como sea, el cine se ve obligado a convertir en espectáculo cualquier tema que toca. Y naturalmente me estoy refiriendo a películas cuyo propósito es comercial y, por tanto, son las que mayoritariamente ve la gente para escapar de la realidad.

Sociólogos y psicólogos afirman que la influencia del cine sobre los espectadores es mínima en el concreto caso de la violencia. Y que incluso la violencia en el cine sirve de catarsis liberadora de la agresividad del individuo.

Sin embargo, la proliferación de la violencia en los medios audiovisuales no me parece inocua. Yo creo que tiene un alto valor contaminante.
Es cierto que todo ser vivo necesita disponer de agresividad para subsistir. Y que cuando esta agresividad se hace humana se convierte en violencia y su control o su desbordamiento depende del sujeto, de su forma de ser, de su destino y del tratamiento que su entorno le aplica. También es cierto que todos, insertos en determinada situación, podemos ser violentos.

Los científicos afirman que solo un 20% de la violencia generada por seres humanos está provocada por factores biológicos.
Actualmente la genética, la famosa trisomía criminal, la posesión del cromosoma XYY en el mapa genético, ha perdido la importancia que años atrás se le concedía para detectar asesinos, y hoy estos científicos afirman que la violencia no implica pérdida de lucidez, que sólo en pocos casos está originada por un trastorno psicótico y que, por tanto, no podemos decir que todo asesino sea un enfermo.

¿Por qué personas normales se ven abocadas a utilizar la violencia para resolver sus problemas?
Las relaciones afectivas que para todos son sinónimo de amor, ternura, erradicación de la soledad y satisfacción de las necesidades primarias del ser humano pueden convertirse (en algunos casos por desgracia demasiado frecuentes) en situaciones de riesgo que favorecen la aparición de conductas violentas.

Cabe preguntarse si el cine y la televisión tienen alguna responsabilidad en esta desatada violencia.

Si vemos la televisión –nutrida esencialmente por películas, pero también por los informativos– cualquier tarde /noche en cualquier cadena, presenciaremos o tendremos noticia sin pestañear de un mínimo de dos asesinatos –uno de ficción y otro real– cuya victima es una mujer. Presenciaremos también varias palizas, alguna extorsión, una violación o su intento, maltrato psicológico, chantaje y secuestro.

Aunque no es esto lo que más puede preocupar ya que los expertos dicen que esto no es esencialmente nocivo, lo que mas llama la atención son los destrozos humanos y materiales que los “buenos” realizan para combatir a los “malos”.

A menudo, viendo una película de las llamadas
de “acción”, no dejo de asombrarme de la impunidad con que los protagonistas, teóricamente “los buenos”, desatan a su alrededor mayores destrucciones y daños colaterales –víctimas anónimas que en la trama son mera figuración– para imponer la ley.
Las películas, las series de televisión y los telediarios parecen dispuestos a demostrar que el ser humano utiliza cada vez más la violencia, cotidianamente y no en el contexto de una guerra, para arreglar sus diferencias. Y me pregunto qué deducciones sacarán los y las adolescentes sobre el valor de la vida humana y la violencia como solución única para arreglar sus conflictos, que en un porcentaje estimable van a estar provocados por actitudes del sexo opuesto hacia ellos en medio de situaciones con desequilibrio de poder.

No olvidemos que según Corsi, estudioso del tema: “La violencia tiene como significado implícito la presencia de un desequilibrio de poder”. Y aquí llegamos a nuestro tema porque entre el hombre y la mujer existe un desequilibrio de poder. Este desequilibrio de poder, habitualmente, deja a la mujer en precario y esto, indudablemente, es lo que queda retratado en el cine.

En el año 2001 han muerto en España 60 mujeres a manos de sus maridos y 11 hombres han sido asesinados por sus mujeres. Es de esperar que ambas cifras crezcan en el futuro, como han venido haciéndolo hasta ahora, si el Estado no ataja con medidas eficaces esta deriva. Es curioso observar que cada vez que hay un asesinato de una mujer a manos de su pareja, el Gobierno anuncia a bombo y platillo planes de choque que, una de dos, o son ficticios y se enuncian para salir del paso, o hasta el momento están resultando absolutamente ineficaces, lo cual debería incitar a la reflexión.

Pero, ¿cuál es el discurso del cine español actual sobre la violencia contra las mujeres?

En “Sólo mía” de Javier Balaguer, una vez se ha consumido la trama inicial a base de tópicos, justo en el momento en que la protagonista decide plantar cara a su marido, el enfoque realista de la historia, bien logrado hasta entonces, se desvanece en un final imposible y esperpéntico.

El realizador no ha podido resistir la tentación de dar una vuelta de tuerca que preste originalidad a la película, pero esta decisión le quita la credibilidad y el posible efecto concienciador sobre su auditorio.

Pero si es difícil encontrar films que toquen el tema directamente, en cambio es muy frecuente que el tema esté presente en tramas colaterales o secundarias o como un aspecto más de la anécdota central. Son incontables las películas en que, en algún momento de la trama, la mujer es objeto de violencia física por parte de un hombre y algunas hay en que mujeres golpean o matan a hombres.

Desde la muy famosa y tremenda bofetada que recibe Rita Haywhort de Glenn Ford en la película “Gilda”, a la solución final de “Tomates verdes fritos”, por citar un ejemplo de cada una de ellas.

En el cine español el tema está tocado lateralmente en “Carne trémula”, “Solas” o “Flores de otro mundo”. En estas dos últimas de una manera que apunta al problema colectivo y dan un paso hacia el análisis más profundo de una realidad social y sus consecuencias.

Capítulo aparte merece “Hable con ella”.
Almodóvar viene a diseccionar en esta película, muy premiada en el ámbito europeo, con singular sinceridad, un tipo de hombre que cree que la mujer es algo delicado que hay que tratar con mucha sensibilidad y cariño, y violarla “delicadamente” si es preciso para que vuelva a la vida como la Bella Durmiente; al parecer, lo preferible para el protagonista, cuya generosidad está fuera de toda duda en la película, es que ella esté en coma, no diga nada, ni se mueva siquiera, para que se la pueda manipular y cuidar, eso si, con verdadera sensibilidad, con exquisita dedicación y a golpe de bolero. Hay que hablar con ella, sobre todo si ella no tiene posibilidad de responder porque así es, según el discurso de la película, como verdaderamente el hombre es capaz de sentir un sublime amor hasta el sacrificio.

No quiero hacer juicios simplistas y sin duda la película tiene otras lecturas, pero yo detecto un tufillo que no me gusta: parece que viene a decirnos, con visos de romanticismo de ranchera, que no hay nada como una mujer vegetal, que ni siente ni consiente, ni rechista, para inspirar en un hombre una gran pasión, porque de lo contrario le da mucho miedo y se rompe el hechizo y el hombre se autodestruye.

Y esto, considerar a la mujer un peligro para el hombre, su perdición, es el discurso bíblico de siempre que debemos negarnos a aceptar.
Quizá me paso, pero no puedo evitar un cierto malestar si contrasto esta película con la realidad que me circunda en donde muchas veces, si las fantasías eróticas de un hombre no se cumplen, el mismo es capaz, no de quitarse de en medio, sino de coger un hacha y perseguir a la mujer objeto sin duda de sus fantasías, con la intención de abrirle la cabeza. ¡Por supuesto con mucho amor!, según dictamen de un juez que ha despachado al asesino en potencia con 90 euros de multa, como hemos visto últimamente en los periódicos.

El tema de la violencia de género en el discurso cinematográfico puede, sin embargo, abrir caminos a la reflexión, incidir en un cambio de mentalidades, plantear nuevas propuestas para la resolución de un problema que sólo el Estado de derecho, como representante de la sociedad, tiene en sus manos solucionar.

Hay un corto de Icíar Bollaín, titulado “Amores que matan”, que viene a demostrar la utilidad de la imagen para poner el dedo en la llaga y hacer propuestas que la sociedad debería tener en cuenta a la hora de buscar soluciones. Creo que con muy buen sentido, Icíar Bollaín, lejos de hacer un corto victimista, aborda el problema no desde la maltratada, sino desde el maltratador.

Mezclando ficción con el lenguaje de un documental “Amores que matan” sigue de cerca a un maltratador confinado en un lugar –inexistente en la realidad– donde se intenta reconducir su viciada estructura mental. Allí observamos los mecanismos de su conducta y los tópicos tradicionales en que se basa su actitud.

Las mujeres maltratadas están verdaderamente hartas de que se las obligue a abandonar su casa, a huir como criminales, a ser culpabilizadas de ignorancia, debilidad de carácter y carencia de autoestima. De que los medios de comunicación las utilicen exhibiéndolas llenas de moratones con nombre y apellidos mientras el maltratador nunca aparece. Estamos muy acostumbrados últimamente a ver cadáveres de mujeres y rastros de sangre en los más variados escenarios mientras del asesino sólo sabemos unas iniciales y nunca, o casi nunca, vemos u cara. Pero en “Amores que matan” se nos obliga a contemplar no la locura –que no existe en la mayoría de los casos– sino la estulticia del maltratador, sus carencias vitales, su fracaso social, su cobardía frente al fuerte y la forma brutal en que descarga toda su frustración en la única persona sobre la que se siente poderoso. Éste es a mi juicio el verdadero problema.

Y no es un problema que tengan las mujeres: el problema está en los hombres maltratadores. Estas personas sólo son capaces de dirimir sus conflictos internos con la violencia física y son ellas las que deben ser confinadas y culpabilizadas de ignorancia, debilidad de carácter y carencia de autoestima. Por eso me parece tan importante la aportación y el discurso de Icíar Bollaín, como cineasta, a la reflexión sobre la violencia de género.

Las conductas humanas se contagian mucho y quizá una de las que más, la violencia. Cualquier canto a la violencia es un peligro. Probablemente nuestra sociedad no es más violenta que las anteriores, si tenemos en cuenta que en España en la primera mitad del siglo XX unos hombres que solo creían en la violencia para defender sus privilegios arruinaron el país con una guerra civil. Probablemente los medios de comunicación hacen bien en informarnos de cuánta violencia hay en el mundo. Vivir como lelos, sin conocer la realidad, no es bueno. Sin embargo, la proliferación de la violencia en el cine no es inocente.

¿Qué capitales, provenientes de la droga, del tráfico de armas o de quién sabe dónde, están detrás de la financiación de muchas películas de acción que proponen líderes tan prepotentes a nuestros jóvenes?
¿Por qué las televisiones nos sirven a diario cadáveres troceados hasta conseguir nuestra indiferencia y que la vida parezca sin valor?
¿Por qué los videojuegos hacen de matar al más débil una manera de obtener puntos?
¿Estamos seguros de que todos los individuos que ven –con un grado alto de identificación– estos espectáculos, están lo suficientemente sanos como para liberar su agresividad y no dar un paso más en la realidad? A matar también se aprende.

Las mujeres hemos conseguido un aumento de nuestra libertad, intelectualmente nos sabemos iguales a los hombres, pero tal vez no se ha digerido todavía lo que esto significa y algunos hombres se sienten irritados y se atrincheran en el único aspecto en que las mujeres no podemos igualarnos, el terreno de la violencia y la fuerza físicas.

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